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A veces el amor duele más cuando se queda que cuando se va.
Me llamo Dante. Tengo 32 años, el cabello blanco antes de tiempo y unos ojos rojos que ya no saben disimular el cansancio. Durante años estuve al lado de Lili, la mujer que amé con todo, la madre de mi hija... y también la que poco a poco me fue congelando por dentro. Sus "dale, acaba", sus silencios, su celular siempre entre nosotros, sus "te amo a mi manera". Hasta que un día entendí que su manera me estaba matando.
Y entonces apareció Kotone.
Alta, de curvas que quitan el aliento, cabello negro largo que parece absorber toda la luz y unos ojos profundos que me miraron como nadie me había mirado en años. Desde el primer "hola" en el pasillo, ella vio al hombre roto que yo intentaba esconder. No me pidió nada. Solo me abrazó. Me escuchó. Me besó como si yo fuera importante. Me amó sin que tuviera que rogar.
Ahora corro bajo la lluvia, literalmente y en mi cabeza, dejando atrás un departamento que ya no es mío, un amor que se volvió costumbre y una versión de mí que ya no quiero ser.
Kotone me espera con los brazos abiertos, con su calor, con esa dulzura loca que me sana. Pero dejar ir duele. Mirar a Lili a los ojos y decirle "ya es tarde" duele. Elegirme a mí por primera vez... también duele.
Esta es mi historia.
La de un hombre cansado de mendigar cariño.
La de dos mujeres: una que me dejó ir y otra que me enseñó lo que es ser amado de verdad.