EnanadeLali
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¿Quién no amaría a Lizzy?
Era la pregunta que Hannibal Lecter se hacía cada noche, entre las sombras, mientras la imaginaba riendo, viva, brillante, real.
No se trataba solo de su belleza -aunque ella era la definición más dulce de la tentación. No eran solo sus labios rojos como fresas maduras ni la curva atrevida de su cintura perfecta ni la suavidad de su piel blanca como leche caliente al amanecer.
Era su alma.
Una que jamás debería haber cruzado con la suya.
Ella era todo lo que él no era.
Empática, genuina, buena.
Ella amaba la vida. A los animales. A los libros. A la lluvia.
Ella hablaba de cosas como el futuro, los sueños, la esperanza.
Y sin embargo...
Ella lo miró.
Y ese gesto, tan simple, tan humano... lo quebró.
No fue una historia de amor.
Fue una condena.
Porque él era un asesino.
Un monstruo.
Un hombre que devoraba personas, cuerpos, memorias.
Un dios oscuro entre fogones y pecados.
Ella era una criatura de luz.
Pero lo vio.
Lo vio de verdad.
Y en ese instante, Hannibal Lecter supo que estaba perdido.
Fue una sonrisa.
Una sonrisa y él se convirtió en fuego.
Nadie antes lo había mirado así.
No con miedo.
No con juicio.
Sino con... ternura.
Desde entonces, todo ardía.
El vino sabía a sangre.
La música a nostalgia.
Y el mundo, entero, era una amenaza para ella.
Porque Lizzy, con su dulzura salvaje y su risa de niña, con sus manos de sanadora y su corazón hecho de miel, se convirtió en su única debilidad.
Y el amor, cuando nace en el corazón de un monstruo, no trae flores. Trae fuego.