CronistadeOccidente
La Monarquía Hispánica de los Austrias se halla al borde del ocaso, y sus monarcas lo saben. El testamento del Rey Planeta, Felipe IV -publicado y puesto en marcha tras su muerte en 1665- es la última tentativa de evitar la ruina dinástica de un imperio fatigado por dos siglos de hegemonía y guerras sin descanso.
Un niño enfermo, de cuerpo quebrado y mente frágil, porta la corona de un mundo que se desmorona a pedazos: Carlos II, último vástago de los Austrias. A su alrededor, dos hermanas gemelas -nacidas del mismo linaje, pero enfrentadas por la ambición de sus consortes- arrastran a Europa a un conflicto sin tregua. Y en las sombras, el Rey Sol, Luis XIV de Francia, aguarda con ansias devorar lo que queda del legado hispano.
Mas en esa hora postrera, una última semilla ha sido sembrada en los Países Bajos Españoles. Un niño -fruto de las maquinaciones desencadenadas por aquel manifiesto regio- nace en Flandes como una afrenta al orden establecido, en medio del caos y la destrucción. Ese infante no debía nacer. Para algunos, debía morir. Para otros, debía ser arrancado del mundo antes de que creciera... antes de que se convirtiera en león. Y, sin embargo, vive. Un príncipe flamenco, marcado desde la cuna como amenaza, se alza desde las sombras con un solo propósito: reclamar lo que le pertenece o perecer en el intento.
Perseguido por la voluntad del monarca más poderoso de Europa, y traicionado por quienes debieron protegerlo, su vida será una marcha implacable entre la traición, la guerra y la memoria de un imperio en declive. No por lo que ha hecho, sino por lo que podría llegar a ser.
Porque el odio ha germinado en Flandes...
y ha jurado penetrar hasta el corazón de Francia.