Cabellosdefuego
Una semana dura. Unos días sin encontrar sentido a todo aquello que pasaba por mi mente. Sentía que mis pensamientos estaban al borde del abismo, sin percatarme de que la solución estaba más cerca de lo que esperaba. Pero este es el momento en el que solo con una brisa del viento puedes tropezar y quedarte desvalida.
Para empezar a contar mi historia, quiero empezar a narrar como era mi vida antes de este fin inesperado. Se podría describir con una sola palabra: indiferente. Lo que para unos es indiferente, para otros es fría, impasible, flemática o estoica. Siendo sincera, nunca llegué a considerar mi vida como algo capaz de producirme excitación por lo extraño.
Seguro que me imagináis como una chica perfecta, curvas perfectas, 95 de pecho, altura de 1’75 y unos ojos azules con un toque verdoso capaz de cautivar a cualquier hombre que apareciese en mi vida. Pero no, disculparme por no ser lo que buscaría cualquiera. Mi edad es de 25 años, todavía con una mente pacífica que no ha sido expuesta a ninguna malicia. Soy curvilínea, con un peso de 60 kg, 1’68 de altura, cabellera rubia y los ojos vulgares, como diría una canción de Fito, del color de la Cocacola.
Me quedaban dos meses para terminar la carrera de Psicología cuando mi visión del mundo cambió por completo, o me la cambiaron. Estaba dando mis tres últimas semanas de prácticas en la consulta del Dr. Méndez y, al parecer, todo iba sobre ruedas. Desde que pisé esta consulta me dijeron que era especial, solo por el simple detalle de llevar una bata de un color rosa salmón. Os preguntaréis por qué la llevo así. No quiero que los que asistan a la consulta se sientan como unos enfermos por ver a una persona que una bata blanca. Me gusta preguntarme por todo aquello que pensarán aquellos que me rodean. Pero si llevaba mi placa con mi nombre grabado y una pegatina, donde se podía leer: PRACTICUM. Mi nombre relucía en la placa, Ruth.