RochuAvril
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Martina Paredes había crecido acostumbrada a que su apellido resonara en estadios llenos y transmisiones internacionales. Para el mundo, era la hermanita menor de Leandro Paredes, campeón del mundo con la Selección Argentina. Pero para ella, ese apellido no era una sombra: era un impulso. Desde chica había cambiado la pelota por el rugido de los motores, los botines por el casco, y los festejos de gol por la adrenalina de una curva tomada al límite. Martina no quería ser "la hermana de". Quería ser Martina Paredes, y hacer historia a su manera.
Con apenas unos años más que sueños y determinación, su camino la llevó a Europa, a la sede de Red Bull Racing, el lugar donde todo parecía posible y aterrador al mismo tiempo. Hacía años que formaba parte de la academia, entrenando en silencio, aprendiendo, cayéndose y volviendo a levantarse con esa mezcla tan argentina de garra, pasión y mate compartido en la valija. Ahora, por primera vez, sentía que el mundo de la Fórmula 1 dejaba de ser un sueño lejano para convertirse en una realidad palpable, ruidosa y vibrante.
Entre simuladores, boxes y pistas que parecían no tener fin, Martina comenzó a encontrar su lugar. Hizo amigos, rivales, cómplices de risas y desvelos. Y fue ahí, casi sin buscarlo, donde conoció a Charles Leclerc: talentoso, competitivo, encantador... y completamente insoportable cuando se ponía serio en la pista. Entre miradas desafiantes, bromas en el paddock y una rivalidad que crecía vuelta a vuelta, algo más empezó a surgir. Algo inesperado, intenso y peligroso... como correr a más de 300 kilómetros por hora.
Porque en ese mundo donde la velocidad no perdona y los errores cuestan caro, Martina estaba dispuesta a demostrar que el corazón argentino también sabe correr. Y amar.