MoisesLaverde
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costa no nació revolucionario: lo hizo el país.
Lo hizo la injusticia cotidiana de una Colombia donde los pobres cargan golpes que no aparecen en ningún noticiero. Lo hizo esa rabia muda que se acumula cuando la policía reprime al que trabaja, al que estudia, al que sueña. Lo hizo la impotencia de ver cómo la vida de un joven vale menos que el uniforme que lo maltrata.
Pero también -y esto es lo que pocos entienden- Costa nació de algo más profundo: del amor.
Del amor a su gente, a sus barrios, a los jóvenes que decidieron no agachar la cabeza, a la revolución entendida como cuidado, dignidad y resistencia.
Desde los campamentos improvisados en Bogotá hasta las primeras líneas de distintas ciudades del país, Costa fue creciendo al ritmo del estallido social. La rabia se convirtió en convicción, la convicción en comunidad, y la comunidad en una fuerza imparable que lo llevó a convertirse en una de las caras más visibles de ese momento histórico.
Pero esta no es solo la historia de un joven que se enfrentó al abuso estatal.
Es la historia de un muchacho que también aprendió a sanar, a construir, a escuchar, a amar lo que defendía.
Un joven que, lejos de quedarse atrapado en la violencia que lo formó, decidió transformar su propia vida para no perderse en el dolor.
Hoy, desde la universidad, Costa sigue levantando su futuro con la misma intensidad con la que un día levantó un escudo improvisado en las protestas. Sigue creyendo, sigue soñando, sigue luchando. No por odio, sino por la esperanza de un país que aún está por nacer.
Y a tu lado, a mi lado es la crónica íntima de ese camino:
el de un joven que encontró en la revolución no solo una causa, sino un hogar.