hegrumpy
Zoro nunca pensó que buscaría placer en alguien que durante años fue su enemigo, pero las cosas habían cambiado.
En el Thousand Sunny, entre el calor asfixiante, el sake y el agotamiento del entrenamiento, ya no quedaba espacio para fingir.
Después del sudor y el dolor, cuando el cuerpo gritaba y los músculos temblaban, el único refugio verdadero era él.
El pecho desnudo de Sanji, esa piel tan blanca que parecía no haber sido tocada por el sol, casi irreal bajo la luz tenue de la lámpara.
Un aroma adictivo, tabaco, especias, sal marina y algo dulce que solo le pertenecía a él, que se le metía bajo la piel como una droga.
Carne suave, demasiado suave, que invitaba a morder, a marcar.
Solo lo necesitaba a él, sin palabras, piel contra piel, solo el latido acelerado del cocinero contra su oído mientras lo apretaba.
Sobre la mesa de la cocina, tarde en la noche, la camisa de Sanji colgando inútil sobre sus hombros como un estorbo.
Las manos ásperas de Zoro cubriendo cada centímetro de ese cuerpo que antes solo quería destrozar.
Las piernas largas del rubio enredadas en sus caderas, aprisionándolo justo donde más lo necesitaba.
Y sus dientes hundiéndose en el cuello pálido, saboreando el pulso que saltaba bajo la piel.
Esos ojos azules, que antes los miraba con violencia, esas cejas rizadas las odiaba porque cada vez que se curvaban en esa expresión burlona, Sanji conseguía sacarlo de quicio con solo una palabra.
Ahora solo quería su atención, quería que esas cejas se fruncieran de placer en vez de burla.
Quería ser él quien empezara la pelea esta vez, solo para terminar perdiéndola entre jadeos y mordidas.
Porque el latido que sentía cuando Sanji discutía primero ya no era frustración, era hambre.