mwpotter
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Para el Príncipe Canalla, su esposa no era más que una perra de bronce. Él, que se sentía el fuego hecho carne y la esencia misma de la antigua Valyria, no podía perdonar el juicio de su abuela, la Buena Reina Alysanne al emparejarlo con aquella mujer. ¿Acaso su herencia valía tan poco como para ser enterrada en las gélidas tierras del Valle? Rhea Royce, con su armadura grabada y su falta de reverencia, era una espina clavada en el orgullo del dragón. Ella no lo admiraba, y él no podía doblegarla.
Sin embargo, ni siquiera el odio más profundo puede detener el curso del destino.
En el año 108 d. C., contra todo pronóstico y lógica de la naturaleza, de ese lecho de espinas brotaron dos flores extrañas.
Vaelarr y Vaera.
Eran gemelos, y aunque en sus rasgos se adivinara la dureza de los Royce, por sus venas corría un fuego antiguo que no entiende de pactos ni de humildad, porque la sangre de la Antigua Valyria es posesiva y soberbia; no nace para servir, sino para someter, es una herencia que late con una verdad absoluta, lo que el dragón desea, el dragón lo toma.
Daemon los vio inicialmente como el fruto amargo de su desgracia, el legado de su mayor humillación, pero Vaelarr y Vaera no eran niños comunes. Eran el reclamo de un linaje que no se dejaba diluir ni siquiera por la sangre tan común como la de los primeros hombres. En sus ojos ya se vislumbraba esa chispa salvaje de quienes saben que el mundo les pertenece por derecho de sangre, y que no importa cuánto bronce intenten imponerles, el fuego Targaryen siempre termina reclamando lo que cree suyo, reduciendo a cenizas cualquier obstáculo que se atreva a interponerse en su camino... después de todo eran hijos del dragón.