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Después del torneo, cuando el polvo aún no terminaba de asentarse sobre la arena y los vítores se desvanecían en el viento, Duncan el Alto comprendió que su vida ya no le pertenecía.
Había sido un caballero errante, nada más que eso. Sin nombre que pesara, sin lazos que lo ataran... hasta que conoció a Raymun Fossoway. Y después, al ciervo.
Lyonel Baratheon.
Dicen que las historias nacen del amor o del deber. Esta nació de ambos... y de todo lo que se pierde entre ellos.
Lyonel tomó por esposos a dos omegas: uno al que eligió con el corazón, y otro al que el mundo le exigió aceptar. Y en medio de ese lazo, tejido por promesas y miradas que nunca coincidían del todo, quedaron atrapados tres destinos.
Raymun no odiaba. Nunca lo hizo. Había aprendido demasiado pronto que el deber no se discute, se obedece. Como omega y heredero de su casa, su vida no le pertenecía más de lo que le pertenecía su propio nombre. Aun así, su lealtad no era fingida: deseaba la felicidad de Duncan, incluso cuando esa felicidad no lo incluía.
Y Duncan... Duncan lo sabía.
Sabía lo que era no tener nada, y también lo que significaba, de pronto, tener demasiado. Sabía que el amor de Lionel era un privilegio que nunca había buscado, y que el silencio de Raymun era un peso que no sabía cómo sostener.
Pero el deber no pregunta. El deber exige.
Y así, atado al ciervo, y el ciervo atado a ellos, ninguno de los tres pudo escapar de aquello en lo que se habían convertido: una historia que no prometía felicidad... sino permanencia.
Porque hay lazos que no se rompen.
Solo se soportan.