Lunaaaaortegah
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Jungkook tenía veinte años y lo tenía todo... al menos, en apariencia. Su nombre brillaba en anuncios de ropa interior en Seúl y en las portadas de revistas de moda; su rostro, cuidadosamente esculpido, era el sello de campañas que cruzaban fronteras, desde Corea hasta Nueva York. La ciudad lo admiraba, los fotógrafos lo buscaban, y su vida parecía un desfile interminable de luces, flashes y sonrisas perfectas.
Pero detrás del brillo, detrás de cada sesión y cada aplauso silencioso de desconocidos, Jungkook sentía un vacío que ni el oro ni los aplausos podían llenar. Su madre, elegante y exigente, nunca parecía satisfecha. Cada logro suyo era apenas un escalón hacia expectativas aún más altas; su padre, distante y calmado, parecía ceder solo cuando su madre lo aprobaba. La familia Jeon había construido una vida de poder, riqueza y perfección... y él debía encajar, aunque su corazón insistiera en latir por otro camino.
Ese camino lo llevó a conocer a dos personas que cambiarían todo: Suga y Momo, hermanos que vivían en un barrio humilde, donde las calles olían a comida callejera y risas genuinas, y no a lujo ni a apariencias. Suga, de su misma edad, tenía un carácter firme y cálido; Momo, apenas catorce años, irradiaba inocencia y ternura. Con ellos, Jungkook descubrió un refugio que nunca había tenido: risas que no exigían perfección, abrazos que no medían en oro, momentos que se sentían como hogar.
Pero el brillo del dinero y la reputación no tardó en encontrarlo. Sus padres, horrorizados por la cercanía con aquellos "desconocidos de clase baja", comenzaron a presionarlo con crueldad silenciosa: lo acusaban de desperdiciar su talento, su tiempo, su dinero, y de mancillar el nombre de la familia. Para ellos, la imagen y el poder siempre serían más importantes que la felicidad de su propio hijo.