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Año 1995...
La noche en que Nueva York se vistió de negro y telas finas para celebrar el lanzamiento de la nueva colección de Calvin Klein, nadie imaginaba que el verdadero espectáculo, para algunos, no estaría entre la prensa ni en la ropa nueva, sino en el exacto momento en que dos miradas se cruzaron entre copas de champán y destellos de luz.
Lorena Ferette desde hacía unos pocos años se convirtió en un fenómeno imposible de ignorar: la modelo cuya primera campaña se convirtió en el renacer de una marca a mujer cuya belleza serena y elegancia fina parecían hechas a la medida del minimalismo de Calvin. Para el mundo, Lorena era exceso de contenido, escándalo elegante y peligro. Una de esas mujeres que no pasaban desapercibidas; una estrella demasiado brillante como para no dejar, tarde o temprano, una estela de incendio.
Eduarda Fragoso, en cambio, era precisión. Es brillante y de principios innegociables, había cambiado la disciplina de la policía civil en São Paulo por el mármol impecable de uno de los estudios jurídicos más prestigiosos de Nueva York. En ella todo parecía estar bajo control: la postura, la voz, la mirada. Pero Eduarda también había aprendido, mucho antes de llegar a Manhattan, que algunas amenazas no entran haciendo ruido. Algunas se presentan con una sonrisa impecable y un vestido perfecto.
Cuando Calvin -diseñador, confidente y cómplice involuntario- las presenta, lo que debía haber sido un intercambio cordial se convirtió, casi de inmediato, en un juego sutil de tensión, curiosidad y peligro. Porque Lorena no solo cargaba con la fama: también llevaba encima rumores, cicatrices y un pasado del que todavía no sabía cómo soltar. Eduarda jamás imaginó que aquellos ojos claros, tan hermosos como indescifrables, no solo pudieran cautivarla, sino también despertar en ella una inquietud imposible de nombrar.
¿Podrá Eduarda resistirse a lo desconocido, o la tentación de Lorena redefinirá t