Nani26
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Al margen del mundo conocido, envuelta en bruma y protegida por mares indómitos, yace una isla donde el tiempo parece haberse detenido. Aquí, lejos de la codicia, el salvajismo y la manipulación de los hombres bestia, florece en silencio una civilización singular: la civilización de la mujer.
Fuimos separadas de un mundo de dolor por obra de nuestra fundadora y protectora, la Reina Bestia. Ella nos demostró que la fuerza, la astucia, la valentía y la velocidad no eran patrimonio de otros, sino semillas dormidas dentro de nosotras. Bajo su guía, no solo germinaron; crecieron hasta superar, con creces, a quienes una vez temimos. Forjamos así una existencia de armonía y paz, un santuario ajeno al caos.
Pero toda paz eterna encuentra, tarde o temprano, su grieta.
Un día, aparentemente igual a cualquier otro, la Reina cruzó el velo que nos aísla y regresó con un legado del mundo exterior: un niño. Un hijo del hombre. Aunque el recelo fue la primera respuesta de muchas, el tiempo y la convivencia tejieron los hilos inevitables del cariño. Lo alimentamos, lo vestimos, lo educamos. Lo vimos crecer, convertirse no en un extraño, sino en el hermano más preciado de nuestra tierra.
Hasta que el mundo del que lo habíamos rescatado lo reclamó con violencia. Fue arrancado de nosotras, forzado a regresar a aquel reino de falsos reyes, donde no hay una verdadera reina que imponga justicia, sino solo la ley del más fuerte.
Pero se equivocan si creen que nos quedaríamos de brazos cruzados. Sus hermanas mayores, aquellas que lo criaron, no aceptarán su ausencia. Ahora, cruzamos el mar que una vez fue nuestra barrera. Volvemos al lugar que fue nuestro hogar y se convirtió en nuestra pesadilla. No vamos a pedir. Vamos a reclamar.
Y el mundo de los hombres bestia no está preparado para lo que les espera.
Nota: Está historia es únicamente mía, inspirada en el mundo de los orcos, no tomo responsabilidad por cualquier similitud con alguna novela.