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Sus ojos eran un territorio al que se entraba sin darse cuenta, como quien se asoma un segundo y termina perdiéndose para siempre. En ellos la mirada sufría un accidente dulce y cruel a la vez: se desviaba, tropezaba con la hondura de su brillo y ya no encontraba el camino de regreso. No eran solo ojos; eran el punto exacto donde la atención se rendía, donde el mundo comenzaba a desdibujarse hasta quedar reducido a su presencia. Perderse en ellos no era una falla, era una elección inconsciente, casi una condena voluntaria: aceptar que lo más importante no estaba alrededor, sino ahí, mirándote de vuelta, sosteniéndote en silencio.
Entonces comprendió que la importancia de los ojos va mucho más allá de ser un simple órgano sensorial. Son una ventana compleja, delicada, capaz de capturar la luz y transformarla en imágenes que el cerebro interpreta; permiten reconocer rostros, medir distancias, anticipar el movimiento, interactuar con el entorno y, al mismo tiempo, delatar el estado más profundo del cuerpo. Los ojos enfocan, se adaptan, revelan... y guardan verdades que ninguna voz se atreve a pronunciar.
Y fue gracias a sus ojos que la vio. Gracias a ellos pudo conocerla, memorizarla, necesitarla. En su mirada aprendió a existir para alguien más, y también a depender de ese reflejo. Así de importantes son los ojos: no solo muestran el mundo, lo eligen. Y entonces se dio cuenta de que "ojos" es una palabra -y un órgano- peligrosamente difícil de comprender, sobre todo cuando ya no los tienes... o cuando lo único que deseas ver es aquello que ya no te pertenece.