ElBosqueDelUmbral
El mundo ya se ha roto cuando este capítulo comienza.
No hay explosión ni aviso, solo la quietud que queda después de la tragedia. En ese silencio, la protagonista no huye ni llora: observa.
El vacío se abre ante ella como un espejo sin reflejo y, por primera vez, no duele. Entre pesadillas, no para asustar sino mostrarse, la mente humana se despliega en toda su crudeza. La violencia no se presenta como espectáculo, sino como mecanismo; la muerte, como un patrón; el horror, como un lenguaje que puede ser leído.
Con una calma inquietante, la protagonista analiza lo que otros no soportan mirar. Descubre fallas en cada acto, grietas en cada decisión, y comprende que incluso lo más atroz nace de errores mínimos, de mentes fracturadas que aprendieron a sobrevivir de formas torcidas.
Este primer capítulo no invita al miedo, sino a la lucidez. No glorifica la oscuridad: la disecciona. Es la entrada a una historia donde entender no significa justificar, y donde mirar el abismo no implica caer en él.
Aquí comienza el viaje de quien aprendió a reír no por crueldad, sino por agotamiento; de quien eligió observar para no perderse; de quien se adentra en la sombra con los ojos abiertos, acompañada por una presencia silenciosa que vigila, protege y recuerda que incluso en la noche más profunda, la conciencia sigue siendo una forma de luz.