Tinkiwinki_4
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Santana no regresó a la ciudad que la vio nacer para ser una pieza más en el tablero de la Clave, ni para seguir las rutas de patrulla trazadas por un joven que cree que el mundo se divide rígidamente entre el deber y la desobediencia. Criada entre los lujos excéntricos de Magnus Bane, ella es una amalgama de sarcasmo y liderazgo instintivo, una cazadora que no pide permiso para mandar porque el mando le fluye por las venas tanto como la sangre Nephilim. Cuando cruza las puertas del Instituto, no busca un hogar, busca una misión; pero lo que encuentra es a Alec Lightwood, la encarnación misma de la ley que ella tanto disfruta desafiar.
Alec es el orden, la estructura y el peso de una responsabilidad que le oprime los hombros, un hombre que ha construido su identidad sobre los cimientos de la obediencia. Para él, la llegada de Santana es una afrenta personal, una anomalía en su sistema perfecto que se atreve a cuestionar su autoridad y a desordenar su mundo con una sola mirada de sus ojos grises. La tensión entre ambos no es solo ideológica; es una bomba que amenaza con estallar cada vez que sus espacios personales se invaden.
Jace Wayland, ve en Santana el desafío definitivo y la oportunidad perfecta para presionar las grietas en la armadura de su parabatai. Jace no pierde oportunidad para coquetear con ella, para robarle besos que Santana acepta solo por el placer perverso de ver cómo Alec se tensa, cómo sus nudillos se vuelven blancos y cómo su mirada se oscurece con una envidia que no se atreve a nombrar. Jace es el recordatorio constante de que Santana es libre de elegir, mientras Alec se ahoga en un mar de celos y deber que lo obliga a mantenerse al margen, observando cómo su mejor amigo intenta seducir a la única mujer que ha logrado que su pulso se acelere por razones que no tienen nada que ver con el combate.