targaryen247
El destino no siempre se anuncia con claridad. A veces arde en silencio, oculto bajo la piel, latiendo en la sangre como un fuego antiguo imposible de extinguir.
Aegon y Rhaena nacieron bajo ese fuego... y para ese fuego.
Desde su primer aliento, hubo algo en ellos que inquietaba incluso a quienes compartían su sangre. No era solo el brillo violáceo de sus ojos ni el plateado de su cabello, sino la forma en que se reconocían sin palabras, como si compartieran un mismo pulso, una misma llama. Una conexión demasiado profunda para ser nombrada, demasiado peligrosa para ser ignorada.
No eran simplemente hermanos. Eran reflejo y sombra. Deseo y condena.
Crecieron en un mundo de susurros y sonrisas envenenadas, donde cada gesto ocultaba una amenaza y cada lealtad tenía un precio. Y aprendieron pronto que la debilidad no se perdona, que la duda se paga con sangre, y que el poder solo pertenece a quienes están dispuestos a reclamarlo sin vacilar.
Su unión -inquietante, feroz, inevitable- no entendía de leyes ni de dioses. Era más antigua que todo eso, más pura, más terrible. Juntos, eran algo más que dos herederos de un linaje: eran la encarnación de una voluntad que no aceptaba el olvido.
Separados, eran impensables.
Juntos, eran inevitables.
No había moral que pudiera contenerlos, ni juicio que pudiera quebrarlos. Dirían lo necesario y harían lo necesario. Todo por preservar el legado que corría por sus venas como fuego vivo.
Porque ellos no habían nacido para arrodillarse ante la historia. Habían nacido para escribirla.
Y estaban dispuestos a escribirla a cualquier coste.