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Alguien, o todos, o nadie, estaba mintiendo. Lo que empezó como una curiosidad, se volvió una obsesión. Hannah solo pensaba en cómo reconstruir la imagen de Sarah a partir de pedazos rotos, versiones contradictorias y silencios más elocuentes que las pocas respuestas que le daban.
Juntar los retazos del lienzo que una vez fue su identidad era como pintar con sombras: cuanta más luz creía agregar, más negra se veía la oscuridad. Las tinieblas ya no estaban emergiendo; la tenían envuelta, aislada, atrapada. Y había algo peor: no quería liberarse.