Larulitos_123
Draco Malfoy va a morir.
Esa es su sentencia, su final. Y no, no será un final glorioso; no será esa muerte épica y grandiosa que los cuentos de cuna reservan para los héroes o, al menos, para los villanos con dignidad. No habrá un ejército llorando su partida ni una última batalla campal donde su sacrificio incline la balanza. Su muerte será sucia, insignificante y profundamente humillante, enclavada en el frío suelo de un baño de Hogwarts, manchada por sus propias lágrimas y la sangre que brota imparable de su pecho. Y lo peor, lo que realmente quema su alma moribunda, es que él sabe que, de algún modo retorcido, se lo merece.
Todo empezó por su estúpido orgullo. Harry Potter lo siguió hasta el baño de las chicas, ese santuario de la vergüenza donde Draco se había permitido el lujo de derrumbarse. El elegido, el maldito héroe de los ojos verdes, lo había visto llorar. Lo había visto débil, vulnerable, destrozado por el peso de la misión que el Señor Tenebroso le había impuesto. La humillación fue tan aguda, tan punzante, que nubló cualquier atisbo de razonamiento. Draco atacó, ciego de ira y desesperación, dispuesto a hacerle pagar a Potter por haber presenciado su caída. Intentó lanzar la maldición Cruciatus, ese tormento que había visto practicar a los mortífagos, ansioso por hacer sufrir a su némesis tanto como él sufría.
Pero Harry, moviéndose por ese instinto salvaje y temerario que siempre lo había caracterizado, no dudó. Sin saber siquiera lo que hacía, musitó las palabras de un conjuro ancestral y oscuro que había garabateado en su libro de pociones: Sectumsempra. El hechizo impactó de lleno en el torso de Draco, y el mundo se tiñó de rojo. El dolor fue inmediato y abrasador, como si cien cuchillos mágicos le desgarraran la carne desde dentro hacia fuera. Cayó de rodillas sobre el charco de agua y sangre, sintiendo el frío de los azulejos contra su mejilla.
Mientras la vida se escurría de su cu