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Stuart Harrington no creía que las ciudades pudieran curar a las personas, hasta que llegó a Viellemont. A sus diecisiete años, con una beca que parecía imposible y una hermana que depende de él, deja atrás todo lo conocido para estudiar Derecho en una universidad tan antigua como hermosa. Pero lo que más le pesa no es el idioma o la nostalgia: es ese secreto impulso por el arte, por el teatro, por sentir algo más que responsabilidad.
En cambio, Garret Melton vive con el peso de sobrevivir. Estudia Artes Visuales, cuida de su madre y su hermano como si el mundo dependiera de ello, y evita pensar en lo que siente. Nunca se ha cuestionado su orientación, ni ha tenido tiempo para hacerlo. La vida no se lo ha permitido.
Cuando sus mundos colisionan -uno lleno de palabras que no se dicen, el otro de miradas que no se entienden- algo comienza a moverse. No es una historia de amor a primera vista. Es algo más lento, más torpe, más real.