yusbe4567
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Siempre pensé que nosotros mismos somos la única causa de nuestras propias decisiones. Una verdad que defendí como un dogma: la autonomía es la única armadura contra el destino. Por eso, mi regla cardinal, la que jamás se debe romper, fue siempre nunca idolatrar a nadie, ni colocar a nadie en un pedestal.
Pero yo cometí ese error con él. Fui mi propia verdugo.
Desde el primer momento que lo vi, desde el instante exacto en que mi mejor amigo, Sam, me lo presentó en medio del bullicio, supe que lo único que me traería era un oleaje de problemas. Lo leí en esa arrogancia que no se molestaba en disimular, en ese extraño humor negro que utilizaba para trazar una línea entre él y el resto del mundo. Era una bandera roja, una advertencia en negritas, y aún así... había algo en mí que me llamaba hacia él.
Fui como un arqueólogo obsesionado, cavando mi propia ruina, convencida de que encontraría un tesoro donde solo había escombros.
El peor error que cometí no fue acercarme a la llama, sino creer que yo podría controlarla. Esos hermosos ojos castaño claro me embrujaron como un elixir antiguo. No fue amor a primera vista; fue una maldición disfrazada de fascinación. Y caí. Caí a sus encantos con la rendición ciega de quien se arroja al vacío porque le han prometido que el fondo es suave.
Ahora, cuando el recuerdo de su nombre se siente como arena en la boca, me persigue una sola pregunta, clavada justo en el centro de mi pecho roto:
¿Cómo puedo odiar y amar a alguien al mismo tiempo?