lilab_188
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El primer amor nunca se olvida; es una marca imborrable que se queda grabada en el corazón. Es un sentimiento inocente, cálido, donde el cariño se desborda a veces de manera absurda, pero hermosa. Es ese romance idílico que te hace creer, con ciega certeza, que se quedará para toda la vida.
A veces sucede, pero muchas otras no. Sin embargo, el primer amor de toda persona siempre conservará un lugar sagrado en el alma.
De él aprendí cómo amar. Me enseñó una parte de mí que jamás creí experimentar; con él descubrí lo que significaba reír con el alma y poder hablar de cualquier tema sin el temor de sentirme juzgado. Fue mi refugio, mi primera vez en todo, el dueño de mis recuerdos de juventud.
Sin embargo, él no se quedó para siempre. El destino nos demostró que a veces el amor muta, madura y, por el bien de ambos, tiene que aprender a soltar.
Mi segundo amor llegó de una manera completamente distinta. No fue un torbellino ni un impulso adolescente; llegó como un hermoso atardecer de otoño. Fue un encuentro que comenzó a llenar mi vida de mil colores nuevos, trayendo consigo una paz profunda y una calidez tan pura que, hasta la fecha, me resulta imposible de explicar.
Si el primer amor fue la chispa que encendió el fuego, el segundo fue el faro que me guió a casa cuando me encontraba perdido en la oscuridad de la rutina.
Con él no hubo mapas compartidos desde el pasado, sino un camino que decidimos trazar desde cero, paso a paso, con la torpeza y la fascinación de quienes se descubren por primera vez. Su timidez angelical, la delicadeza de sus gestos y la madurez de sus palabras me hicieron comprender que el corazón no se rompe para quedarse vacío, sino para abrirle espacio a algo mucho más grande.
Esta es la historia de cómo aprendí que el primer amor te enseña a caminar, pero es el segundo quien te enseña a volar.
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INICIO: 16/06/2026
FIN:
NO SE ACEPTA NINGÚN TIPO DE AD