SabakunoAmbar
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Aiku Oliver, que aún permanecía recargado contra la pared cercana, lo observó en silencio antes de hablar con tono decepcionado.
-¿Es verdad que renunciaste a Blue Lock?
Rin levantó la vista, el agotamiento visible en cada línea de su rostro.
-Tengo derecho a irme. Me he ganado ese derecho con creces. Otros que ni siquiera pasaron la primera prueba se marcharon y tomaron oportunidades. Yo me quedé, trabajé sin descanso, avancé, evolucioné, analicé cada detalle y entrené hasta el límite. Yo contribuí a que ganáramos ese mundial. Gané premios y reconocimientos para este complejo. Hice todo lo que se esperaba de mí y mucho más... y ahora que quiero tomar mi propio camino, me tachan de desleal y egoísta. ¡Es ridículo, es absurdo!... Y no es justo.
Las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas pálidas, trazando surcos cálidos que no intentó secar. Avanzó hacia el taxi que acababa de detenerse, metió su maleta en el maletero con movimientos mecánicos y se subió al asiento trasero. El vehículo comenzó a moverse, alejándose lentamente de las luces de Blue Lock.
Rin se recostó contra el respaldo, cerró los ojos y exhaló un suspiro largo y tembloroso de puro cansancio acumulado. El paisaje nocturno de Japón desfilaba por la ventanilla, borroso e indiferente. En su mente solo resonaban las voces acusadoras: la frialdad calculada de Ego, la furia estratégica de Isagi, el sarcasmo cortante de Karasu, el desprecio regio de Barou, la pereza decepcionada de Nagi, la tristeza traicionada de Bachira, la velocidad dolida de Chigiri, la justicia herida de Kunigami y, sobre todo, el veneno familiar de Sae. Todas ellas se entretejían en un tapiz de dolor que lo envolvía por completo.