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Hay linajes que no bendicen: condenan.
Wolfgang Alphonse Schicklgruber nació bajo uno de ellos, marcado antes de aprender a respirar, cargando un nombre que no pedía amor, sino obediencia.
Su infancia no fue un refugio, sino una antesala. No hubo cuentos ni promesas, solo miradas que pesaban como sentencias y silencios que enseñaban a temer incluso a la propia voz. En un mundo que exigía grandeza, él fue señalado como defecto; en una sangre que proclamaba destino, él fue tratado como error.
Un desliz -mínimo, casi absurdo- lo arrancó del camino que otros habían trazado con hierro. Por un tiempo, conoció una vida distinta, frágil y luminosa, sostenida por la ilusión de que el pasado podía quedarse atrás. Sonrió. Confió. Se permitió existir.
Fue un error más.
Porque las alas que nacen en la oscuridad no olvidan el peso de la noche. Las viejas heridas no cicatrizan: aprenden nuevos nombres. Y cada traición, cada afecto torcido, cada gesto malinterpretado fue escribiendo una verdad imposible de negar: nadie escapa de aquello que lo forjó.
Herencia de Alas Negras narra el origen de un ángel que no busca ser salvado. De un joven indeseado que descubre, demasiado tarde, que sobrevivir no basta. Y de cómo, entre susurros, ruinas y decisiones silenciosas, comienza a gestarse una voluntad capaz de sostener -o quebrar- a todo un mundo.
No es una historia de redención.
Es una historia de permanencia.
Esta obra es una ficción histórica-fantástica. Los países, figuras y hechos mencionados existen o existieron, pero son reinterpretados como símbolos narrativos. La representación de Alemania y otras naciones no implica admiración ni apología, sino una exploración crítica del poder, la culpa, la manipulación y la identidad tras la guerra.