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Itachi observaba a la princesa desde el patio, sus ojos oscuros reflejando la luz de la luna. Sakura, con su delicado vestido, parecía una flor de cerezo meciéndose con la brisa nocturna. Su sonrisa era dulce, pero él sabía que jamás podría ser su dueño, ni siquiera acercarse más de lo que su deber le permitía.
Las jerarquías estaban marcadas como cicatrices en la historia. Él era su guardián, su sombra, su espada en la oscuridad. Y ella... ella era un sueño inalcanzable.
Pero aun así, en las noches silenciosas, cuando nadie los veía, Itachi la miraba con ternura, preguntándose si, en otro mundo, en otra vida, podrían haber sido algo más.