Lucia4220
La aldea ardía frente a sus ojos. Los seres de las sombras arrinconaban y devoraban a los humanos, sin piedad, sin remordimientos. Era irónico que hubiesen sido creados por la misma Mano que los humanos y los dioses, por aquella tan benevolente y sabia. Las almas de aquellos que morían se dispersaban hacia el cielo como chispas fugaces -al menos serían libres y camparían unos días más por la inmensidad del Mundo antes reencarnar- pensó Key. Pero la realidad es que eso no le tranquilizaba en absoluto. Nadie le aseguraba que eso es lo que ocurría con las almas y, en los últimos meses, su creencia en los grandes dioses había empezado a vacilar. Todos aquellos sucesos, destrucción, los seres de las sombras... Eran ellos los culpables, los que los habían creado. Apretujo la pequeña bolsa de cuero que llevaba en la mano contra su pecho. No podía quedarse de brazos cruzados. Pero era su deber. Después de todo, tampoco podía ir por ahí salvando cada una de las vidas de aquellas pequeñas aldeas, pues al final no lograría nada más que ser el héroe que no se presentaba a las catástrofes, la persona en la que todos creerían para morir, decepcionados, de que nunca hubiese llegado a acudir. Sacudió la cabeza. Sabía que era imposible, pensar en ello era únicamente un método de autotortura. Con un ligero remordimiento pesándole sobre la conciencia, se dio la vuelta sobre sus talones y comenzó a caminar hacia el bosque; dejando atrás las antorchas encendidas, los gritos, la sangre, los semblantes asustados y, sin duda y una vez más, una parte de su humanidad, si es que le quedaba.