Vaniaglaya
Te amo, hermano murmuró Brynden, y por eso te detendré aquí.
Antes de que Daemon pudiera reaccionar antes de que pudiera levantar su escudo, la flecha de plumas blancas voló.
El impacto lo alcanzó en el pecho, un aguijón de muerte que lo obligó a caer de rodillas.
El dolor fue agudo, pero su orgullo era mayor.
Daemon se tambaleó, aferrándose a la flecha, mientras la sangre negra manchaba sus vestiduras reales.
Miró a Brynden con desprecio, incluso mientras la vida se le escapaba.
Lo sabía...jadeó Daemon, con los labios manchados de carmesí.
Siempre fuiste el mismo cobarde de siempre.
Si me hubieras enfrentado cara a cara, con el acero en la mano, habrías muerto ante mí. Pero elegiste la sombra.
Brynden no se movió, Daemon, con el último aliento, forzó una sonrisa desafiante:
Mi sangre te matará, Brynden.
Tendrás tu gobierno de sombras, pero mi legado sobrevivirá.
Habrá alguien que vendrá por ti, alguien a quien no podrás asesinar porque el miedo a pesar de todo vive en ti, y Shiera... ella también lo hará.
Mi sangre me vengará y mis hijos... ellos serán el fuego que no podrás extinguir.
Las palabras fueron como un maleficio.
Brynden se tensó, una sombra de duda cruzando su rostro inexpresivo.
Al ver la vida apagarse en los ojos de Daemon, el Cuervo de Sangre, el maestro de espías, cayó de rodillas sobre la tierra ensangrentada.
Allí, entre los muertos y el silencio de los caídos, Brynden Rivers inclinó la cabeza y comenzó a murmurar una plegaria a los Siete buscando un perdón que sabía, en lo más profundo de su ser, que nunca llegaría.
El Dragón Negro había caído, pero la profecía de su agonía flotaba en el aire estancado, una promesa de que la traición de la sangre siempre encuentra su ajuste de cuentas.