UnterPrince
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El día que Mateo murió, todo se volvió negro y silencioso. Durante un instante no existió nada: ni dolor, ni recuerdos, ni siquiera la certeza de haber estado vivo alguna vez. Solo oscuridad. Después llegó el rojo, un rojo espeso que parecía latir detrás de sus párpados, como si la propia sangre hubiera decidido reemplazar a la noche. Entonces comenzó el pitido, agudo y constante, atravesándolo la cabeza como una aguja interminable. Y finalmente Mateo volvió a abrir los ojos.