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El Instituto Tōjutsu nunca estaba quieto.
Los pasillos rebosaban ruido a todas horas: conversaciones cruzadas, risas demasiado fuertes, profesores regañando desde lejos y estudiantes corriendo antes de que sonara la campana. Todo el mundo parecía tener algo que decir, alguien a quien impresionar o algún problema nuevo del que hablar.
Y, aun así, Misaki Fujii siempre parecía quedarse al margen de todo eso.
A sus diecisiete años, era demasiado callada para hacerse notar y demasiado amable para ignorar a alguien que necesitara ayuda. Compartía aula con personalidades enormes, amistades caóticas y egos imposibles, pero prefería los espacios tranquilos: el aula de música, las conversaciones bajitas con Shoko Ieiri, las tardes silenciosas después de clase y los pequeños momentos que no hacían ruido.
No le gustaban los conflictos. Nunca había sabido defenderse cuando alguien cruzaba una línea, ni tampoco levantar demasiado la voz. Simplemente seguía adelante, intentando pasar desapercibida.
Quizá por eso nadie habría imaginado que alguien como ella terminaría cruzándose con alguien como Toji Fushiguro.
Un chico mayor. Un curso por delante. Una presencia difícil de ignorar incluso cuando no decía nada.
Y, definitivamente, no el tipo de persona que parecía encajar en la vida tranquila de Misaki.