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Alexa Mendoza es una Omega de 26 años que no ha dormido bien desde el funeral de su padre. El rancho inmenso que él le dejó -ciento veinte hectáreas de pastizales, corrales, siembra de maíz forrajero, tres trabajadores a su cargo y un centenar de cabezas de ganado- se extiende frente a ella como un recordatorio de todo lo que no sabe hacer. Cada mañana se levanta antes del amanecer, revisa los corrales con el manual de ganadería que su padre le regaló de niña y alimenta a los animales con la torpeza de quien aprende sobre la marcha. Después, se lava la tierra de las manos, se pone un vestido limpio y conduce hasta el pueblo para dar clases en la escuela primaria.
Su padre, Gabriel, siempre lo hizo todo. Era de esos hombres que no pedían ayuda, que levantaron la granja con sus propias manos mientras Alexa crecía entre libros y cuadernos. Él quería que ella estudiara, que tuviera opciones, que no terminara con la espalda doblada como la suya. "Las granjas se heredan, hija, pero las oportunidades se ganan", le decía mientras ella se iba a la universidad. Alexa no volvió hasta que el cáncer se lo llevó en tres meses. Ahora está aquí, sola, tratando de sostener un legado que no eligió, con un cuaderno de apuntes en una mano y una soga de amarrar ganado en la otra.
Cloe es una alfa de 25 años, y su rancho es casi el reflejo en negativo del de Alexa: apenas unas pocas hectáreas, una cerca que se cae a pedazos, un gallinero con quince gallinas flacas, una vaca lechera de costillas marcadas y un caballo viejo y manso que Cloe ensilla cada mañana para recorrer los ranchos vecinos. Su rutina es siempre la misma: va de puerta en puerta, de cerco en cerco, preguntando si necesitan manos para la cosecha, para arreglar alambrados, para castrar terneros o para cualquier trabajo que le paguen con unos pesos. Con ese dinero, que nunca es suficiente, mantiene a los pocos animales que les quedan y compra lo mínimo para que su hermano menor no se acueste con