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En el silencio que precede al rugido de los motores,
donde el asfalto aún guarda el eco de promesas rotas,
dos caminos que se juraron eternos se desviaron sin aviso.
Ella, con ojos de miel que ocultaban tormentas,
se refugió en el frío orden de comunicados y titulares,
en el arte preciso de decir sin revelar.
Él, con el fuego mexicano latiendo bajo el casco,
corrió hasta que el horizonte se volvió borroso,
hasta que el podio dejó de saber a celebración
y empezó a oler a ausencia.
El tiempo, ese juez implacable del paddock,
los separó con banderas a cuadros invisibles.
Pero el destino, caprichoso como un safety car,
decidió que la parrilla de 2026 necesitaba
un reencuentro que ninguno pidió
y que ambos, en secreto, temían y anhelaban.
Porque hay amores que no terminan con un adiós escrito en un mensaje,
sino que se congelan en el aire del hospitality,
esperando el semáforo en verde
para volver a acelerarse.
Y cuando las luces se apaguen en la noche de Silverstone,
o en el calor abrasador de Bahréin,
el pasado no pedirá permiso para entrar.
Solo llegará.
Como siempre lo hace el amor que nunca aprendió a despedirse.