Larulitos_123
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Charlie no podía recordar la última vez que una emoción tan pura y abrasadora le había henchido el pecho hasta casi doler. No era simplemente felicidad; era una vindicación cósmica, un torrente de luz que disolvía cada sombra de duda que alguna vez se había posado sobre su alma. Lo habían logrado. Contra todo pronóstico, contra las burlas de los Overlords, contra la indiferencia gélida del Cielo e incluso contra las advertencias veladas de su propio padre, la redención ya no era una quimera susurrada por una princesa ingenua. La primera alma redimida, Sir Pentious, ascendió envuelta en un resplandor dorado que desgarró el dosel carmesí del Infierno, y ese acto sagrado e imposible resonó en cada rincón del Orgullo. Ya no estaban solos. Nuevos pecadores, con los ojos cansados pero llenos de una esperanza frágil como el cristal, cruzaban el umbral del Hotel Hazbin. La gente creía en su sueño. ¡Creían en ella!
La princesa del Infierno había demostrado, con la testarudez luminosa que la caracterizaba, que todos aquellos que la tacharon de loca estaban profunda e irremediablemente equivocados. Se lo demostró al mismísimo Cielo, a esos altos serafines que la miraron con condescendencia celestial; se lo demostró a su padre, Lucifer, cuyo escepticismo milenario se había resquebrajado ante la evidencia irrefutable de una ascensión nacida del verdadero arrepentimiento. Durante años, siglos quizás, una voz en su interior le había susurrado que su causa era justa, que el infierno era una falla en el sistema y no una condena perpetua. Ella siempre había tenido razón. Pero esa victoria embriagadora, ese triunfo que hacía vibrar los mismísimos cimientos del hotel, estaba teñido de una melancolía tan profunda como el averno mismo. Hacía días que Charlie, con la euforia desbordándole por los poros, marcaba una y otra vez el número de su madre. La buena noticia, la noticia que podía cambiarlo todo, merecía ser compartida con Lilith. Quería