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Bogum estaba allí, de pie bajo el marco de la puerta, ofreciendo esa sonrisa que siempre lograba calmar el ruido del mundo. Su mano, extendida y firme, era una promesa de estabilidad, de noches tranquilas y de un amor sin cicatrices. Era, en todo sentido, el hombre perfecto; el lugar donde cualquier corazón cansado querría descansar.
-Ven conmigo, Tae -susurró Bogum, y su voz era como una melodía suave en medio del caos una suplica-. Conmigo no habrá más dudas.
Taehyung lo miró y, por un segundo, deseó con todas sus fuerzas ser capaz de dar ese paso, de amarlo. Pero entonces, el viento trajo consigo el aroma a lluvia y a ese perfume amaderado que solo una persona usaba. A unos metros, entre las sombras de la calle mojada, Jungkook lo observaba en silencio. No prometía paz, ni prometía seguridad. Sus ojos oscuros eran una tormenta que amenazaba con devorarlo todo, un enigma que Taehyung nunca terminaría de descifrar.
Taehyung soltó la mano de Bogum con una lentitud dolorosa.
La elección ya estaba tomada antes de que la pregunta fuera formulada.
Porque, ¿de qué le sirve a Bogum ser el puerto más seguro en la tormenta, si el alma de Taehyung siempre preferirá hundirse en el océano de Jungkook?
Sin mirar atrás, Taehyung caminó hacia la oscuridad, directo a las profundidades de las que sabía que nunca querría salir.