MarcelaKema
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-Puedes tomarme, Hinata -dijo, su voz un susurro ronco que pareció sacudir los cimientos de la cabaña-. Hacerme completamente tuyo. O puedes alejarte. La decisión... es solo tuya.
Hinata se estremeció de pies a cabeza. No era una prueba. Era un regalo. La comprensión la inundó como un torrente de agua clara. Él no quería que ella se sintiera utilizada, atrapada, sometida. No quería tener el control en un acto que, para ella, estaba irremediablemente manchado por la violencia y la sumisión forzada. Él, el hombre más poderoso que conocía, se despojaba de todo poder y se lo entregaba. Quería que ella fuera libre. Libre de decidir. Libre de tomar lo que deseara. Libre, incluso, de rechazarlo.