EditaChvez
La pasillo de la facultad de administración olía a café caro y a perfumes de diseñador que Jimin apenas podía pronunciar. Él caminaba pegado a la pared, con los dedos apretados alrededor de las correas de su mochila desgastada. Sus gafas se deslizaban por el puente de su nariz debido al sudor frío, pero no se detuvo.
Entonces lo vio.
Jeon Jungkook estaba rodeado de gente, como siempre. La luz de la tarde entraba por los ventanales y hacía brillar su reloj de oro, una pieza que probablemente costaba más que la casa donde Jimin vivía con sus padres en los suburbios. Jungkook reía de algo que decía una chica, con esa confianza que solo el dinero y la belleza extrema pueden comprar.
Jimin bajó la mirada, pero el corazón le traicionó. Sus pasos lo llevaron a pasar justo por su lado.
-¿Viste el examen, Jungkook? Fue un chiste -dijo uno de los amigos del círculo.
-Demasiado fácil -respondió la voz de Jungkook. Esa voz que, apenas doce horas antes, le había susurrado cosas al oído que hacían que a Jimin todavía le temblaran las rodillas.
Jimin se armó de valor. Solo necesitaba una señal, un roce, un simple reconocimiento de que existía. Al pasar junto a él, Jimin tropezó ligeramente con el brazo de Jungkook.
-Lo siento... -susurró Jimin, su voz apenas un hilo, buscando sus ojos.
Jungkook se detuvo. Su mirada, fría como el acero, recorrió a Jimin de arriba abajo. No hubo una chispa de deseo, ni un rastro de la pasión desenfrenada de la noche anterior. Solo una indiferencia cortante.
-Ten más cuidado, nerd -soltó Jungkook con una mueca de fastidio, sacudiéndose la manga de su chaqueta de seda como si Jimin lo hubiera ensuciado-. Estás estorbando el paso.