SENANSE
Trabajar con mi masculinidad ha sido muy pesado para mí. Ahora un poquito menos, pero admito que cuando me siento sola frente a todo, frente a mis propios sentimientos, es complicado guardar a esa mujer que ha crecido con ese ejemplo. Sin embargo, cuando estoy en un ambiente donde puedo ser vulnerable, puedo sentirme atendida, puedo ser chiquitita, soy la más feliz. Y desde que inicié mi relación, esos momentos han sido pocos.
A veces siento que mi pareja también creó una personalidad para defenderse de sus propios traumas, y sí, lo fue (aunque sigo trabajando en saber a partir de qué). Quizás porque estuvo solo mucho tiempo, veía muchos problemas en casa y no podía resolverlos, y eso lo hacía sentir insuficiente. Pero no entendió que no era su culpa: él solo era un niño, un joven creciendo. La responsabilidad era de papá y mamá. Son solo mis sospechas, como psicóloga de la vida, que cae y sube y que solo quiere volar, sentirse flotar y flotar, como anhelaba de niña. Porque nunca me lo ha contado. Caso contrario: él fue la primera persona en saber cómo era la relación con mi familia y cómo eso influyó en mí. Le contaba, casi en la cara, mis traumas -traumas que algunos me dejaron marcada de por vida, y traumas que hoy en día voy trabajando duro por abrazar, no por ignorar ni olvidar.
Antes decía que amaba mucho a mi mamá -la amo demasiado-, pero me daba miedo hablar de mis emociones con ella. Qué raro, ¿no? Ahora, sin darme cuenta, sin pensarlo, en cualquier momento la llamo, le saco sonrisas y le cuento cosas, aunque quizá aún no todas mis emociones, por vergüenza. Vergüenza a que se entere de que su chiquita se enamoró hace más de cuatro años, pena a que se entere de que le entregué muchos sentimientos, risas y lágrimas que ni ella vio en su vida; traumas que ni ella ni nadie más conoce. Y sobre todo, porque no va a entender por qué se lo oculté.
Sin embargo, mi yo de hace dos años y más estaría muriéndose de miedo