AngelaHernandoSanch0
El reencuentro no fue planeado. Nunca lo es.
Lucía Martínez estaba convencida de que ciertas personas pertenecen a una etapa concreta de la vida y que, una vez cerrada, no vuelven. Kika Nazaret era una de ellas. O eso creía.
La vio de lejos y la reconoció al instante, aunque hacía años que no se veían. Kika llevaba ropa de entrenamiento del Barça, una mochila colgada al hombro y esa forma tan suya de ocupar el espacio sin darse cuenta. No parecía una estrella del fútbol, ni alguien acostumbrada a los focos, sino alguien normal en un día cualquiera. El pasado tiene esa costumbre: aparece sin avisar y no pide permiso.
Kika también la vio. Dudó un segundo. Pensó que quizá era alguien parecida. Pero no. Lucía seguía teniendo la misma manera de caminar, como si siempre estuviera pensando en otra cosa. El mundo alrededor siguió moviéndose mientras ellas se quedaban quietas, atrapadas en un instante incómodo y demasiado conocido.
No hablaron de lo importante. No hablaron de lo que pasó ni de lo que dolió. Dijeron lo justo para no parecer extrañas. Lo suficiente para no parecer cercanas. El fútbol, la ciudad, el tiempo. Palabras seguras, neutras. Mentiras pequeñas que ayudaban a mantener la distancia.
Cuando se separaron, no hubo promesas ni despedidas definitivas. Solo esa sensación difícil de explicar que aparece cuando algo que creías superado vuelve a hacerse presente.
A veces, una historia no empieza cuando dos personas se conocen, sino cuando se reencuentran.
Y esta, aunque ninguna de las dos lo sabía todavía, acababa de volver a empezar.