mariana7612
A sus seis años, Valeria lo dejó todo en Cali sin entender del todo por qué. La mudanza a Bogotá fue una decisión de sus padres, no suya, pero las consecuencias las vivió ella: el frío, el acento raro, la ciudad que no la conocía. Lo único que encontró fue a Martín Vargas, su vecino, que desde el primer día le abrió la puerta de su casa como si llevara años esperándola.
En esa casa conoció también a los amigos del hermano mayor: Alejo, Isaza, y Villamil. Este último no dijo mucho el día que se conocieron. Solo la miró un momento, con una atención tranquila que no incomodaba. Valeria lo guardó en algún rincón del pecho y no volvió a nombrarlo en voz alta. Ni ese día ni los que siguieron.
Los años pasaron. Bogotá dejó de ser ciudad extraña y se convirtió en hogar. Valeria creció entre esas paredes, entre esas calles, al lado de esas personas. Y Villamil siguió ahí, siempre en el perímetro, siempre a una distancia que nunca terminó de cruzarse.
Lo que ninguno de los dos se dijo en voz alta fue acumulándose con la paciencia silenciosa de las cosas que duran: una mirada de más, una conversación que se extendía sin que nadie lo propusiera, una presencia que empezó a pesar en la ausencia. Había algo entre ellos que nunca tuvo nombre, pero que los dos reconocían. Y precisamente por eso ninguno se arriesgó.
Hasta que se arriesgaron.
¿Puede sobrevivir un amor que apenas aprendió a nombrarse? ¿Vale la pena pelearlo cuando la distancia ya empezó a contar?