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Nadie recuerda el nombre del médico que advirtió al rey. Solo recuerdan el humo.
En el invierno de 1323, la aldea de Eldenwyck fue reducida a cenizas. No por fuego, sino por decreto. Los cuerpos de los campesinos libres colgaron de los robles como advertencia: nadie debía cultivar tierra sin rendir vasallaje, nadie debía sanar sin licencia, nadie debía poseer saberes que no vinieran del templo o la corte. Se los acusó de brujería, de preparar brebajes envenenados, de conspirar con espíritus impuros.
Entre los ejecutados estaba Maera, mujer de manos curtidas por el campo y mirada serena. Fue ella quien, con las pocas monedas que su tierra libre le permitía reunir, exilió a su hija -Eleanor- antes de que la horca la alcanzara. Eleanor no supo del juicio. Ni del miedo. Ni del sacrificio. Hasta que fue demasiado tarde. Sirviendo jarras en una taberna ajena, oyó por primera vez el nombre de su madre susurrado como una herejía. Y desde entonces, ya no durmió igual. Pasó un año entre sombras, hilando planes con la misma paciencia con que Maera trenzaba sus cestos de mimbre.
En el norte, los estandartes de la rebelión comenzaron a alzarse. El reino se partía en dos, y la sangre corría con facilidad. Fue entonces cuando una dama murió antes de llegar a palacio por una emboscada. Eleanor, que ya no era del todo campesina ni del todo huérfana, tomó su lugar, su nombre... y su destino.
Iba a envenenar al rey. Desde dentro. Con la dulzura de una rosa. Y el filo del hierro.