locoso
—Valerian, ¿puedes responder la pregunta?
La voz del profesor lo sacó de sus pensamientos.
Valerian levantó la mano lentamente.
Había estado distraído toda la clase, mirando por la ventana sin escuchar realmente lo que decían. Cuando el profesor lo señaló para que hablara, abrió la boca para responder.
Pero entonces…Todo desapareció.
El murmullo de los estudiantes se desvaneció.
El aula… las mesas… la luz… todo se deshizo como humo
Valerian parpadeó confundido miró su mano.
Ya no estaba vacía.
Una espada descansaba entre sus dedos.
La hoja era oscura, larga y mortal. Un filo perfecto recorría el metal, tan afilado que parecía capaz de cortar el aire mismo.
La sostuvo sin entender por qué su cuerpo sabía exactamente cómo hacerlo.
En el acero pulido se reflejaba el suelo Nieve blanca.
Pero no era pura.
La nieve estaba cubierta de sangre espesa.
Un rojo oscuro que manchaba el campo como si la tierra misma hubiera sangrado.
El corazón de Valerian comenzó a latir con fuerza.
Entonces sintió algo más un peso en su otra mano.
Giró lentamente la mirada una corona dorada descansaba entre sus dedos.
Era hermosa… y terrible.
El oro parecía brillar como si hubiera sido arrancado del mismísimo sol. Piedras preciosas de distintos colores adornaban la estructura con una perfección imposible.
Una corona hecha para un rey.
O para algo más.
El viento soplaba sobre aquel campo nevado, trayendo consigo el olor metálico de la sangre.
Y entonces una voz rasgó el silencio.
—¡¡¡HEREJE!!!
El grito fue brutal.
Lleno de odio.
De miedo.
Valerian sintió que alguien estaba detrás de él.
Quiso voltear.
Pero en ese mismo instante la visión se rompió.
El aula regresó de golpe.
Las paredes.
Las mesas.
Las voces.
Valerian volvió a estar sentado en su silla.
Su corazón latía a mil por hora.
Un dolor horrible atravesaba su cabeza, como si algo intentara romper su mente desde dentro.
El estómago se le revolvió con violencia sentía que iba a vomitar.
Y salió del salón.