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Cuando un chico que ya no puede recordar su nombre es enviado a una misión a la prestigiosa unidad educativa Saint Devlin, no lleva consigo más que un alias, una mochila con objetos falsificados, y un historial clínico sellado con tinta roja.
Nombre falso: Leo Martínez.
Objetivo: infiltrarse, secuestrar a la hija del director y extraer información clasificada.
Duración estimada: seis semanas.
Riesgo emocional: ignorado.
Riesgo personal: inevitable.
Al llegar, lo primero que nota no es la arquitectura gótica ni el silencio opresivo. Es la sensación de estar entrando a una trampa hecha para parecer un sueño.
Paredes blancas. Jardines simétricos. Estudiantes que sonríen como si no supieran que están atrapados. Como si esto fuera una escuela más y no una fachada para algo mucho más grande.
Pero él sabe la verdad.
Sabe que bajo el gimnasio hay túneles. Que algunas cámaras están allí para proteger... y otras para vigilar. Que la directora de seguridad del colegio no tiene hijos, pero sí un historial como interrogadora militar.
Y sabe también que debe acercarse a Lara, la hija del director.
La chica con ojos grises.
La chica que, según el informe, no confía en nadie.
La chica que podría destruirlo si lo descubre.
Pero cada paso que da, cada palabra que intercambian, cada mirada que se prolonga un segundo más de lo debido, lo acerca a una línea invisible que no debería cruzar.
Porque aunque lo entrenaron para resistir el dolor, para mentir con naturalidad, y para desaparecer si es necesario...