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En 2007, dos niños de cuatro años soñaron con lo mismo desde continentes distintos: Santiago en La Matanza y Liv en Nueva Jersey. Años después sus caminos se cruzaron en el Performance Center y juntos construyeron una carrera llena de títulos, caídas, amor y familia.
Desde NXT hasta Raw, desde el odio del público hasta el Hall of Fame, siempre se eligieron. Y cuando el ring finalmente esperó afuera, su verdadero legado ya estaba creciendo: sus hijos.
Esta es la historia de dos sueños que se volvieron uno.