sobucas
Hay nombres que inspiran respeto. Otros, miedo. Pero el de Jaime Russ provoca algo más profundo: inquietud. No porque el mundo lo haya visto, sino porque nunca lo ha hecho. Nadie conoce su rostro con certeza, y aun así, su presencia se siente como una sombra que respira detrás del poder.
Jaime tiene diecisiete años, pero su mente no pertenece a su edad ni, quizá, a lo humano. Su belleza es perfecta, casi antinatural: un rostro sereno, ojos celestes inmóviles, piel intacta salvo por cicatrices ocultas que cuentan historias que nadie sobrevivió para narrar. Parece un ángel. Y esa es la mentira más peligrosa. Porque en él, la perfección no es pureza: es vacío.
Su mente no siente, no duda, no tiembla. Donde otros tienen emociones, él tiene silencio. Un silencio frío donde todo se convierte en cálculo. Jaime no odia, no ama, no desea. Observa. Analiza. Decide. Para él, las personas no son vidas, son variables; no son almas, son estructuras frágiles esperando quebrarse. La muerte, en su pensamiento, no es violencia... es orden.
Mientras las mafias del mundo se devoran por el poder, Jaime no lucha: mueve. Invisible. Intocable. Perfecto. Su maldad no grita, no se desborda, no pierde control. Es limpia, precisa, casi hermosa. Y en esa belleza imposible se esconde la verdad más oscura: a veces, el mal no nace del caos... sino de la perfección absoluta