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Para Taylor y su madre, los kooks y los pogues solo eran personas creciendo bajo el mismo sol. Su padre, en cambio, seguía esas diferencias al pie de la letra.
Después de demasiadas discusiones y heridas abiertas, la madre de Taylor tomó una decisión: mudarse a las Bahamas. Solo ellas dos.
La despedida con sus amigos fue dolorosa. Los años pasaron y el reencuentro nunca llegó.
Lo único que la mantenía a flote era su madre y el mar. Las olas que surfeaba una y otra vez, como si cada caída y cada respiro bajo el agua la acercaran un poco más a casa.
Hasta que, en menos de un año, todo se rompió.
Necesitaba volver. A todo lo que había dejado atrás: a su mejor amiga, que cada tanto la visitaba con su familia, a los Pogues, a esos chicos que su madre cuidaba cuando estaban solos. Y, sin saber por qué, a ese chico en particular. Al que siempre parecía estar huyendo de algo, al que se reía más fuerte de lo que sentía, al que nunca dejó de pensar.
Taylor pensó que nunca los iba a volver a ver. Que Outer Banks quedaría para siempre del otro lado del recuerdo.
Hasta que ellos aparecieron antes de que ella pudiera ir a buscarlos.