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El frío en el Distrito 12 no era como el de otros lugares. No era un frío limpio que anunciara nieve o escarcha. Era un frío sucio, un frío que se filtraba desde las entrañas de la tierra, impregnado de polvo de carbón y el aliento viciado de las minas. Era el frío de los que madrugan para trabajar en la oscuridad, de los que duermen con hambre y despiertan con más hambre. Era el frío de la resignación.
Los habitantes del Distrito 12 sabían que Grave era cazador. Eso era suficiente. Pero la verdad era más oscura y más precisa: Grave Blankell era un Cazador de Humanos, un título que el Capitolio concedía con cuentagotas y que solo los más letales podían ostentar. Rastreaba desertores, rebeldes, fugitivos. Hombres y mujeres que creían poder escapar del yugo de Panem. Grave los encontraba donde nadie más podía, en las profundidades de los bosques prohibidos, en los túneles olvidados bajo las ciudades, en las alcantarillas donde los desesperados iban a morir. Los encontraba y los entregaba al Capitolio. O los mataba, si la orden era esa.
Desde su primera respiración, Alianelle fue una pieza de un engranaje mayor. A los seis meses, Grave comenzó a llevarla al bosque, atada a su pecho en un porteo de cuero mientras él cazaba. A los dos años, ella ya sostenía una daga de verdad, no de juguete, y aprendía a cortar la piel de un conejo. A los cuatro, tendía trampas simples. A los seis, mató a su primer animal, una ardilla gigante, con una certera pedrada. A los ocho, podía seguir un rastro de sangre durante kilómetros sin perderlo. A los diez, dominaba el combate cuerpo a cuerpo, y a los once, sabía cómo matar a un hombre de doce formas distintas con las manos vacías.
Mientras los otros niños del Distrito 12 mendigaban migajas y rezaban para no ser seleccionados en la Cosecha, Alianelle entrenaba para lo contrario. Su padre no quería que evitara los Juegos. Quería que los dominara.