Liiinagu
No había carteles luminosos, solo un pequeño letrero de latón que rezaba: «Entra solo si estás dispuesto a olvidar».
Yo no buscaba olvidar nada esa tarde; al contrario, estaba desesperado por recordar el color de los ojos de mi madre, y por eso, a pesar del frío, crucé el umbral. No sabía que, al otro lado, el tiempo funcionaba de otra manera y que un hombre llamado Elias ya me estaba esperando con un frasco que contenía una verdad que me destrozaría la vida...