TIS_ZU
Hay personas que no se buscan, pero que el destino se empeña en encerrar en las mismas cuatro paredes.
Flor y yo compartimos el mismo salón de clases desde la primaria, pero durante años fuimos dos extraños que apenas sabían de la existencia del otro. Yo era el chico calmado, el de las buenas notas; ella, una compañera más. Hasta que un juego infantil en sexto grado lo cambió todo. Un primer beso tembloroso, una iniciativa suya y un magnetismo que ninguno de los dos supo cómo detener.
Fuimos el refugio del otro, pero también nuestra propia confusión. Entre promesas sin responder, decisiones impulsivas y el peso de un orgullo adolescente, dejamos que el tiempo se nos fuera de las manos.