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La más elegante lleva un vestido color marfil típico del estilo romántico: bata muy ceñida con corte al medio del cual parten ligeros frunces, sin hombros, se ajusta por un ancho cinturón de siete centímetros con hebilla, exageradas mangas abullonadas, rellenas y montadas sobre armazón de alambre llamadas gigol que parten del escote y van al puño, donde se estrechan. El complicado peinado de raya al medio se levanta en el costado con dos rodetes en forma de banana, y hacia arriba otros dos rodetes de diez centímetros de alto para sostener el alto peinetón curvado; del peinado se desprenden dos bucles que caen sobre los hombros. El conjunto se complementa con un collar de oro de dos vueltas. Caminando por la calle van una mujer de clase alta con vestido amarillo a media pierna, falda ancha y mangas largas, con inmenso peinetón curvado, envuelta porque hacía frío en un rebozo celeste. Consecuente con la poca originalidad de la mujer rioplatense y la incapacidad que muestra para legislar sobre moda, y con la característica netamente mercantilista de la sociedad, resulta natural entonces que el único estallido a lo largo de toda la historia de la moda nacional, nuevo y propio de nuestra tierra, sean los grandes peinetones, obra del talento.