andreykeller33
Yo estuve allí.
Yo vi al águila de Roma extender sus alas sobre el mundo. Vi murallas que habían permanecido en pie durante siglos desplomarse ante nuestras legiones.
Vi reyes abandonar sus tronos. Vi imperios abrir sus puertas para evitar la ruina. Marchamos sobre montañas donde ningún ejército había osado poner un pie. Cruzamos desiertos capaces de devorar naciones enteras. Atravesamos mares embravecidos y regresamos victoriosos una y otra vez.
Y siempre al frente de nosotros estaba él. Nuestro general.
El hombre cuya espada había decidido el destino de más reinos de los que un cronista podría recordar.
Allí donde aparecía su estandarte, la guerra ya estaba resuelta. Allí donde resonaba su nombre, los gobernantes debatían si rendirse o perecer.
Los vencidos no desaparecían. Se unían a nosotros. Cada batalla aumentaba nuestras filas. Cada victoria fortalecía nuestro imperio.
Cada enemigo derrotado terminaba marchando bajo la sombra del águila.
Fuimos diez mil. Luego cincuenta mil. Luego cien mil.
Hasta que los senderos del mundo parecían demasiado estrechas para contener el avance de nuestras legiones.
En aquellos días, los hombres pronunciaban su nombre con el mismo respeto que reservaban para los dioses.
Y nosotros, los que luchábamos a su lado, llegamos a creer que era imposible derrotarlo.
Llegamos a creer que Roma había engendrado al guerrero definitivo.
Llegamos a creer que la propia gloria había tomado forma humana y marchaba entre nosotros. Creíamos que era invencible.
Creíamos que los dioses mismos habían nacido para contemplar su gloria.
Estábamos equivocados.
Porque más allá de los desiertos y las montañas, donde el sol teñía de oro las tierras de Persia, nos esperaba una reina.
Una reina que no temía a Roma. Una reina que no se inclinó ante el conquistador. Una reina que consiguió lo que nadie antes había logrado. Derrotarlo.