PatoMorningstar
El hambre en 1932 no era un rugido, era un silbido constante. Se sentía en el roce de los vestidos hechos con sacos de harina que picaban en la piel de las niñas, y se veía en los ojos de los hombres que regresaban a casa con las manos vacías y la mirada fija en el suelo. El polvo de las llanuras parecía querer enterrar no solo las granjas, sino también el futuro. Aquel martes de octubre el mundo no se acabó con una explosión, sino con el sonido de los teléfonos dejando de sonar y el silencio sepulcral de los bancos cerrados. En una semana, el papel moneda pasó de comprar sueños a servir para encender estufas que ya no tenían carbón. Las familias que ayer discutían sobre qué radio comprar, hoy discutían sobre cuál de sus hijos comería la última patata. Mamá decía que la crisis era un monstruo invisible, pero yo podía verlo. Estaba en el dobladillo que ella bajaba cada mes para que mi único vestido me siguiera sirviendo, y en la forma en que estiraba la sopa con agua hasta que parecía un espejo. En 1934, ser mujer significaba aprender la alquimia de hacer algo de la nada, mientras el resto del país se deshacía en pedazos.
Pero el mundo negro de Juliette se vuelve rosa de un momento a otro cuando conoce a un encantador caballero llamado William, pero el rosa no dura demasiado.