VIVODERENTAS
Rosalía de Castro aparece aquí como una figura de piedra y viento: mujer de alma grande y corazón sediento, que convirtió la saudade gallega en canto imborrable. Con pluma dura y lágrimas de lluvia bordó Follas Novas, dando voz a los que callaron por miedo o por hambre, y se erigió en madre de los que no la tenían.
El poema la invoca con urgencia, preguntándole por qué duerme bajo tierra cuando su voz sigue resonando en montes y riberas. En su lengua dulce y cortante dijo verdades que aún hieren, y su adiós a ríos y fuentes se convierte en eco permanente. Fue fuego en el invierno y llanto en la noche; levantó su canto como una rebelión contra el olvido y la muerte.
Más que una elegía, el texto es una llamada: que no se desvanezca, que quede en el aire y en el pecho. Desde una voz de hombre gallego se le ofrece respeto y una estrella, para que su luz no se apague en la niebla y su verso siga siendo himno y bandera. Rosalía no solo descansa: permanece viva en cada gaita lejana, en cada ola, en cada madre que llora y en cada hombre que todavía la canta.